Salgo de mi habitación del hostal donde me hospedaba, su peculiar olor me recordaba a la brisa de la hierba fresca. La doncella del lugar era una chica hermosa con cabellos dorados, su sonrisa era cálida y dulce, despedía una fragancia parecida a la de las rosas después de un día de lluvia, su mirada era capaz de hipnotizar incluso al corazón más duro. Cada vez que tocaba a mi puerta para hacer la limpieza diaria, mi pecho comenzaba a palpitar sin control.
No quería admitirlo pero me había enamorado, que remedio... no puedo elegir cuando hacerlo ni donde, simplemente surge, como las malas hierbas en el jardín mejor cuidado. ¿Que podía decirle sin hacer notar mi desesperación por tener un cuerpo cálido al que abrazar?
Lo intentaba una y otra vez sin resultados; empezaba por un “buenos días” y terminaba tartamudeando, rojo y sin poder decir palabra. Me pregunto; si no me estaba tomando por loco.
Los días de vacaciones estaban llegando a su fin, y tendría que regresar a la ciudad. No podía esperar más, tenia que decirle lo que siento o no podría hacerlo nunca. Me llené de valor y fuerza y me fui directo a ella.
-No te molestes, pareces un chico simpático y muy agradable, pero no tienes nada que hacer.
-No lo entiendo.
-Fácil, me di por vencida hace mucho por los hombres, siempre pensando en como llevarse a una pobre y joven chica a la cama, sin importarles lo mas mínimo sus sentimientos.
-Comprendo, lo siento, no era mi intención, ya me marcho.
Tanto esfuerzo, tantos nervios para nada. ¿En serio somos tan crueles, nos aprovechamos de ellas por un instinto básico masculino?
A pesar de mis dudas, yo comprendía que al verla no sentía lo mismo que sentía al ver a una chica de revista o a una modelo en televisión. No tenia clara mis intenciones, pero lo que si tenia claro era que a pesar de no conocerla, estaba dispuesto a pasar los restos de mi vida a su lado.


